"El grado de civilización y cultura de un pueblo se puede medir en las vibraciones e inquietudes de sus hijos por estudiar y conocer su historia"
Tito Sierra Santamaría

jueves, 25 de marzo de 2010

EL PADRE CHACÍN

Argenis Ranuarez A.
Cronista del Municipio Juan Germán Roscio



Un trujillano sembrado hondo en el Guárico. Un montañés que amó entrañablemente al llano. Un sacerdote católico amante de la historia. Un investigador acucioso de orígenes y desarrollo de pueblos y ciudades. Un conversador locuaz, tentado por la incontinencia verbal, tentación finalmente rendida ante su proverbial capacidad de oyente.

Chacín fue todo un personaje, además de una gran persona y una recia personalidad. En esa ciudad que todo de pascua tiene y nada de Valle, conocimos a ese gigante de voz grave y ojos saltones, con él compartimos mesa cuadrada y cerveza sobre conversos y trago traído en tren, barco y avión desde la lejana Escocia.

Nada era suave con Chacín Soto. Si reía, era hasta tos con ahogo y si evocaba sus días de niño de la cordillera, de seminarista, de cura de pueblo, era a todo detalle, como fotografía, con película.

Con Chacín – con el padre Chacín, - podía uno pasar horas y más horas sin posibilidad de sueño, cansancio ni fastidio, si se desviaba, tras precisiones sobre el nuevo tema, retomaba, pedía disculpas, el tic nervioso de su cabeza aumentaba la frecuencia y entonces era cuando le entraba bueno y duro a sus argumentos. Era un gladiador armado de ideas, ideales, palabra en ristre, altivo sin altanerías, orgulloso, sin prepotencias. Era apasionado. Convencía porque estaba convencido.

No hay en la ciudad de la pascua obra educativa, social, deportiva o cultural, a la cual no este su nombre vinculado. Era nervios, pantalones y sotana bien puestos preguntaba con la palabra y con los ojos con la palabra y con las manos respondía. Leía y anotaba en los márgenes. Marcaba y remarcaba, escribía corregía y volvía a corregir mucho deben la historia de Altagracia de Orituco y la historia de su Valle de la Pascua a su búsqueda, a su hallazgo y a su pluma. Ataba cabos sueltos y desataba nudos sin romper el hilo de la historia.

Hace cien años nació ese maestro que declamaba versos de vida y de muerte y recitaba pasajes del ayer remoto como si los hubiera vivido.

Por Rafael Chacín Soto, por el hombre, por el sacerdote, por el cronista, por el historiador, este tinto jerezano y este cohiba de Cuba – que no me cohibo – para recordarlo de cuerpo y de presencia entera, en toda la grandeza de la figura y de su genio, que fueron uno solo, hasta la sepultura.

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